Cadena de personas latinoamericanas pasándose dinero de mano en mano como símbolo de ahorro comunitario

Redes solidarias de apoyo económico: tandas, préstamos, cooperativas

En América Latina, muchas personas no acceden a un crédito bancario, no tienen historial financiero, no saben lo que es un fondo de inversión ni podrían explicar la diferencia entre tasa fija y tasa variable. Y sin embargo, emprenden, levantan negocios, pagan colegiaturas, enfrentan emergencias y hasta ahorran para el futuro. ¿Cómo lo hacen? La respuesta está en algo más poderoso que cualquier banco: las redes solidarias de apoyo económico.

Estas redes no se anuncian, no tienen logotipo, muchas veces ni nombre oficial. Pero están en todas partes: son las tandas entre vecinos, las cooperativas de ahorro, los préstamos entre colegas, las mutuales, las cajas populares. Funcionan porque están construidas sobre algo que el sistema financiero formal muchas veces ignora: la confianza, la comunidad, la experiencia cotidiana de sobrevivir y avanzar en colectivo.

No se trata de romantizar la informalidad financiera. Se trata de reconocer que en ausencia de inclusión real, estas redes solidarias han sido la columna vertebral de la economía popular durante generaciones. Y lo siguen siendo hoy, incluso en contextos urbanos y digitalizados.

El poder de las tandas

En México, Centroamérica y otros países de la región, las tandas son uno de los mecanismos más utilizados para acceder a capital sin recurrir a instituciones formales. Su lógica es simple: un grupo de personas aporta periódicamente una cantidad de dinero, y cada vez, uno de ellos recibe el total. El ciclo se repite hasta que todos han recibido su “mano”.

Aunque no hay contratos ni garantías, la tasa de cumplimiento suele ser altísima. ¿Por qué? Porque lo que se arriesga es la reputación, la pertenencia, el vínculo con los otros. En barrios populares de ciudades como Tegucigalpa, Medellín o Ciudad de México, es común ver cómo las tandas permiten desde abrir un pequeño negocio hasta pagar cirugías o uniformes escolares.

Algunos emprendimientos han nacido así. Como el caso de D’Lirio Pastelería, en Lima, Perú: una joven repostera reunió el dinero de su horno inicial con tres tandas simultáneas organizadas entre amigas, clientas y familiares. A los dos años, ya tenía su propio local y generaba empleos para otras dos mujeres. Todo sin deuda, sin intereses, y con un profundo sentido de reciprocidad.

Cooperativas que cambian realidades

Las cooperativas de ahorro y préstamo son un escalón más estructurado dentro de estas redes. Legalmente constituidas, con reglas internas y operación financiera formal, han sido clave en zonas rurales y urbanas donde los bancos simplemente no llegan.

Un gran ejemplo es Caja Arequipa en Perú, una institución que comenzó como una cooperativa pequeña para microempresarios locales y hoy maneja más de 5 mil millones de soles en activos. Su fortaleza sigue siendo el arraigo territorial: otorgan crédito con base en la confianza comunitaria, conocen a sus socios por nombre y apellido, y adaptan sus productos a las dinámicas de la economía local.

Otro caso inspirador es el de Cooperativa Jardín Azuayo en Ecuador. Fundada por campesinos y comerciantes locales en los años 90, ha logrado brindar servicios financieros a más de 500 mil personas, muchas de ellas en comunidades históricamente excluidas. A diferencia de los bancos, la cooperativa reinvierte sus excedentes en programas educativos, redes de comercio justo y fortalecimiento de economías solidarias.

Préstamos entre pares: confianza que financia

En lugares donde no hay tiempo ni paciencia para trámites, los préstamos entre conocidos siguen siendo una de las formas más ágiles de obtener liquidez. Aunque pueden parecer riesgosos, funcionan porque hay conocimiento mutuo, códigos de conducta y sanciones sociales implícitas.

Es el caso de La Red de Emprendedoras del Sur, en Buenos Aires, una comunidad de más de 80 mujeres que comercian desde sus casas. Han creado un sistema de micropréstamos rotativos, sin intereses ni penalizaciones, donde el criterio no es la solvencia, sino el compromiso. La rotación de fondos permite financiar inventarios, reparaciones de herramientas o nuevos lanzamientos.

Su impacto va más allá del dinero: ha generado redes de cuidado, intercambio de conocimientos y sororidad económica.

Digitalizar sin perder el sentido

El avance tecnológico también ha tocado estas redes. Hoy existen apps que permiten organizar tandas de forma digital, plataformas de crowdfunding solidario y fintechs que replican la lógica de las cooperativas con interfaz moderna.

También destacan iniciativas como Graviti en México, que permite financiar productos básicos como estufas o refrigeradores en pagos pequeños, usando redes familiares o vecinales como respaldo moral.

Estos modelos demuestran que es posible combinar tecnología con valores de cooperación, sin caer en la lógica fría y vertical de la banca tradicional.

Un cambio cultural en marcha

Cada vez más expertos reconocen el valor de estas redes solidarias no sólo como solución temporal, sino como modelo financiero alternativo con lógica propia. El educador financiero Ernesto Reséndiz lo resume con claridad: “Lo que sostiene a muchas comunidades no es el crédito bancario, sino la cooperación financiera cotidiana. Y eso también es una forma válida de construir bienestar económico.”

Este tipo de declaraciones, que hace unos años habrían parecido marginales, hoy son citadas en foros internacionales, estudios de economía comunitaria y programas de desarrollo.

¿Qué desafíos enfrentan estas redes?

A pesar de su eficacia y legitimidad social, las redes solidarias no están exentas de riesgos:

  • Falta de protección legal en caso de incumplimientos o conflictos.
  • Limitada capacidad de escalamiento sin perder su esencia.
  • Desigualdades internas que pueden reproducir dinámicas de poder.
  • Ausencia de educación financiera formal en algunos grupos participantes.

Por eso, muchos promotores de la economía solidaria apuestan por fortalecer estas redes sin desnaturalizarlas. Es decir, brindar herramientas, acompañamiento y capacitación, pero sin imponer lógicas externas que rompan con su cultura base.

La economía que ya existe (aunque nadie la mida)

Lo más interesante de estas redes es que no necesitan permiso para operar. No son un plan futuro, ni una política pública por implementar. Ya existen. Ya funcionan. Ya han financiado miles de negocios, sostenido hogares, creado alianzas duraderas y generado valor económico sin pasar por el sistema financiero tradicional.

Son, en palabras de muchos, una economía subterránea con raíces muy profundas. Y si algo ha demostrado el contexto latinoamericano, es que cuando las condiciones estructurales fallan, la solidaridad se activa. No como un gesto asistencialista, sino como un mecanismo económico funcional, estratégico y eficaz.

Quien entienda esto, tendrá en sus manos una de las claves más poderosas para pensar un futuro económico más humano y más justo.

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