No tienen facturas electrónicas, ni terminal bancaria, ni consultores financieros detrás. No salen en reportes del INEGI ni cotizan en bolsa. Pero están ahí: en cada barrio, en cada esquina, en cada mercado. Los negocios informales mueven la economía latinoamericana de una manera tan poderosa como invisibilizada. Y si hay un ingrediente que hace posible su existencia y funcionamiento, ese es la confianza.
Aunque a menudo se les reduce a cifras de evasión fiscal o precariedad laboral, los negocios informales representan mucho más. Son sistemas complejos, con sus propias reglas, sus códigos de conducta, sus redes de colaboración y, sobre todo, una lógica profundamente relacional. Aquí, las transacciones no ocurren porque haya contratos firmados, sino porque hay acuerdos de palabra, lealtades construidas y reputaciones ganadas con el tiempo.
La confianza como moneda de cambio
Cuando no se tiene acceso a créditos formales, contratos blindados o sistemas judiciales eficaces, la confianza se vuelve el único marco operativo. Se confía en que los clientes pagarán la tanda a tiempo. Se confía en que el proveedor entregará como prometió. Se confía en que el puesto seguirá abierto mañana. Esa confianza no es ingenua. Es práctica, estructural, muchas veces más eficaz que cualquier burocracia formal.
En los tianguis, mercados sobre ruedas y comercios de barrio, las relaciones son cara a cara, repetidas, acumulativas. Una vez que alguien incumple, la red lo sabe. No hace falta demanda judicial; basta con el rumor. Por eso la reputación es el activo más valioso. Y por eso también los errores cuestan más que en el mundo corporativo: pueden dejarte sin red, sin crédito, sin clientes.
Negocios informales, sí… pero no improvisados
Es un error frecuente pensar que lo informal es sinónimo de desorden. Muchos negocios que operan fuera del sistema formal tienen estructuras internas muy claras. Horarios estrictos, control de inventario (aunque sea en una libreta), cálculo de ganancias, redes de apoyo mutuo, incluso mecanismos de financiamiento interno como tandas o cajas de ahorro.
La informalidad no es una elección moral. Es una estrategia de sobrevivencia frente a un entorno que excluye. Acceder a la formalidad implica, para muchos, trámites costosos, requisitos inaccesibles, impuestos desproporcionados y una carga burocrática que no compensa los beneficios ofrecidos. Así que se elige el camino que sí permite operar, aunque sea en los márgenes.
La confianza no se improvisa
Construir confianza en este contexto toma tiempo. A veces años. Pero cuando se logra, tiene un poder multiplicador. Un puesto de comida callejera no necesita invertir en publicidad si tiene 20 clientes diarios que recomiendan con entusiasmo. Una señora que hace pasteles desde casa no necesita punto de venta si su vecindario confía en ella y le paga por adelantado.
Estos lazos de confianza también permiten resistir las crisis. Durante la pandemia, muchos pequeños negocios informales sobrevivieron gracias a sus redes: clientes que siguieron comprando, proveedores que dieron crédito, vecinos que ayudaron a repartir. Ninguna institución financiera tradicional podría haber replicado ese nivel de fidelidad y flexibilidad.
Finanzas solidarias en la práctica cotidiana
Muchos de estos negocios informales también forman parte de esquemas financieros comunitarios: tandas, préstamos entre conocidos, cajas vecinales. Son mecanismos simples pero efectivos de rotación de capital. Permiten comprar materia prima, pagar deudas, sortear emergencias. No hay intereses altísimos ni cláusulas escondidas. Hay confianza.
De hecho, estos modelos de financiamiento solidario han servido como base para iniciativas más grandes de inclusión financiera. Algunas cooperativas populares y fintechs de impacto se han inspirado en esta lógica para diseñar productos que parten de la relación, no del historial crediticio.
¿Qué pasa cuando se rompe la confianza?
El sistema no formal funciona sobre un equilibrio delicado. Cuando se rompe la confianza (por abuso, por fraude, por abandono), las consecuencias pueden ser devastadoras. No sólo para la persona afectada, sino para la red entera. Se generan círculos de desconfianza que pueden paralizar la economía local.
Por eso muchos de estos negocios se rigen por códigos éticos no escritos pero muy respetados. No se juega con el dinero de los demás. No se engaña al cliente. No se promete lo que no se puede cumplir. Y cuando alguien falla, lo sabe toda la comunidad.
Formalizar sin destruir
Uno de los grandes desafíos es cómo integrar estas redes informales a un sistema económico más amplio, sin desarticular lo que ya funciona. Porque sí, la formalización trae derechos, acceso a programas, seguridad jurídica. Pero también puede matar la agilidad, la flexibilidad y la autonomía que hace que estos negocios sean viables en primer lugar.
La clave está en reconocer el valor económico y social de la confianza como base operativa. Diseñar políticas públicas que partan de esta lógica. Crear herramientas de financiamiento que respeten el ritmo de estos negocios. No imponer, sino acompañar. No regular para castigar, sino para fortalecer.
Más allá de los estigmas
El discurso dominante sobre la informalidad está cargado de prejuicios. Se asume que es atrasada, que está llena de malas prácticas, que es un obstáculo para el desarrollo. Pero ¿qué pasaría si la viéramos como un laboratorio de innovación? ¿Qué tal si entendemos que estos negocios han sobrevivido (y a veces prosperado) en condiciones que muchas empresas formales no soportarían una semana?
Reconocer el papel de la confianza en los negocios informales no es romantizar la precariedad. Es ver lo que funciona, lo que sostiene, lo que crea valor sin pedir permiso. Es entender que, en contextos donde el Estado no llega y el mercado formal excluye, la gente se organiza. Y lo hace con herramientas que no caben en una hoja de Excel, pero que sostienen vidas.
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