Por muchos años, hablar de “finanzas” y de “bienestar social” en la misma frase parecía una contradicción. Las finanzas, según la narrativa dominante, eran el dominio de la eficiencia, el capital, el rendimiento y la especulación; mientras que el bienestar social era cosa del Estado, de las organizaciones civiles o de iniciativas filantrópicas. Sin embargo, esa frontera está desdibujándose. Cada vez con más frecuencia, surgen voces, propuestas y modelos que buscan poner a las finanzas al servicio de algo más que la rentabilidad: al servicio de la vida digna, la justicia económica y el desarrollo sostenible.
El cambio no ha sido espontáneo. Viene empujado por crisis económicas que han demostrado que el crecimiento por sí solo no garantiza equidad; por generaciones que cuestionan el sentido del éxito económico sin impacto humano; y por comunidades que, ante la exclusión financiera estructural, han decidido organizarse para crear sus propias soluciones. Lo que antes parecía una utopía, hoy empieza a ser una tendencia con nombre, datos y casos concretos.
¿De qué hablamos cuando hablamos de finanzas con propósito?
No se trata de una categoría nueva dentro de los productos bancarios. Tampoco es sólo un ejercicio de responsabilidad social empresarial. Las finanzas con propósito implican rediseñar desde la raíz el papel del dinero en la economía, preguntándose no sólo cuánto se gana, sino para qué se gana; no sólo quién accede al crédito, sino con qué condiciones y con qué consecuencias.
Esto incluye un abanico amplio de modelos y prácticas: desde las inversiones de impacto que priorizan resultados sociales y ambientales positivos, hasta las finanzas solidarias y cooperativas que operan con lógicas no extractivas; desde plataformas de crowdfunding ético hasta programas de microcréditos adaptados a las realidades locales.
Lo que tienen en común es su voluntad explícita de usar el sistema financiero como un medio para mejorar condiciones de vida, en lugar de reproducir o profundizar desigualdades.
En América Latina, donde más del 40% de la población no tiene acceso formal al sistema financiero (según datos del Banco Mundial), esta discusión no es académica: es una necesidad urgente. Y no se está quedando en el papel.
Casos que están cambiando la narrativa
En Bolivia, una pequeña cooperativa en El Alto logró consolidar una red de ahorro y préstamo que atiende exclusivamente a mujeres indígenas comerciantes. La organización no sólo les da acceso a crédito, sino que adapta los plazos, las formas de pago y la atención a sus dinámicas de vida. El resultado: menos morosidad, más autonomía y una economía local más viva.
En México, un proyecto de banca ética opera bajo principios de transparencia radical. Los ahorradores saben exactamente a qué se destinan sus fondos, y los proyectos financiados son seleccionados con base en criterios de sostenibilidad social y ambiental. No hay tarjetas platino ni promesas de rendimientos astronómicos. Lo que hay es una comunidad de personas que deciden invertir su dinero en función de sus valores.
Y en Colombia, algunas universidades han comenzado a trabajar con estudiantes en comunidades rurales para desarrollar modelos de educación financiera aplicados a sus contextos reales. Allí, el “bienestar social” no se traduce en discursos, sino en huertas comunitarias que generan ingresos, fondos colectivos para la compra de útiles escolares y acceso a tecnologías básicas para comercializar productos locales.
Estos ejemplos, entre muchos otros, muestran que las finanzas pueden ser rediseñadas desde lo colectivo, lo local y lo humano. No eliminan el riesgo ni garantizan el éxito, pero lo que sí garantizan es que las reglas del juego se discutan, se compartan y se adapten a quienes históricamente han estado fuera del tablero.
Del lucro máximo al valor compartido
Una de las críticas más frecuentes hacia las finanzas tradicionales es su obsesión por el rendimiento a corto plazo, incluso cuando esto implica generar daño social o ambiental. Durante años, ese fue el mandato: maximizar valor para los accionistas, sin importar el costo externo.
Pero ese paradigma está perdiendo legitimidad. Incluso grandes firmas y fondos de inversión están empezando a hablar de valor compartido, de triple impacto, de métricas que incluyan el bienestar de los trabajadores, el entorno natural y las comunidades donde operan.
En parte, esto responde a una presión social real. Pero también responde a una lógica de sobrevivencia: un sistema económico que margina, explota o agota a sus recursos, incluidas las personas, no es sostenible en el tiempo. La búsqueda de bienestar no es sólo una demanda ética. Es una condición para la viabilidad del modelo económico.
Esto no significa que las finanzas con propósito sean siempre rentables ni que todas las empresas puedan (o quieran) adoptar estos enfoques. Pero sí implica que cada vez más actores reconocen que hay otras formas de medir el éxito económico, y que esas formas pueden, y deben, ser incorporadas a la estrategia de negocio.
¿Utopía para unos, alternativa concreta para otros?
Cuando se habla de “finanzas al servicio del bienestar”, todavía hay quienes responden con escepticismo. Algunos lo ven como un discurso bienintencionado pero poco práctico. Otros lo consideran una forma de idealismo incompatible con las reglas del mercado.
Pero esa lectura pierde de vista un hecho fundamental: en muchas regiones, especialmente en América Latina, las finanzas solidarias no son un lujo aspiracional, sino una forma concreta de supervivencia organizada. Las tandas, los fondos rotativos, las cooperativas de crédito, las mutuales, han sostenido economías enteras al margen del sistema formal.
No están pensadas para agradar a Wall Street, sino para funcionar donde el banco no llega. No buscan premios de innovación, sino resolver necesidades inmediatas con herramientas accesibles. Y en ese proceso, han demostrado que se puede construir seguridad financiera sin recurrir a modelos extractivos o excluyentes.
Incluso en entornos urbanos, cada vez más jóvenes buscan mecanismos alternativos para financiar sus proyectos, invertir con conciencia o manejar su dinero de forma más coherente con sus valores. No se trata de “romantizar la precariedad”, sino de reconocer que el bienestar también se construye desde lo económico, y que las herramientas importan.
Repensar el dinero, repensar la vida
Hablar de finanzas al servicio del bienestar no es simplemente cambiar los términos de la conversación. Es cambiar el lugar desde el cual se mira la economía. Pasar del individuo al colectivo. Del rendimiento a la resiliencia. Del consumo al cuidado.
No es una tarea fácil. Requiere instituciones comprometidas, ciudadanía activa, políticas públicas que apoyen y una cultura que revalorice lo común. Pero sobre todo requiere imaginación: la capacidad de pensar que el dinero, ese recurso tantas veces asociado al conflicto, puede también ser un vehículo de construcción social.
Apostar por modelos financieros con propósito no es negar la necesidad de rentabilidad. Es recordar que la rentabilidad no tiene por qué ser el único ni el principal objetivo. Que las finanzas pueden ser una herramienta, potente, estratégica, transformadora, al servicio de vidas más dignas, comunidades más fuertes y futuros más justos.
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