Ilustración conceptual de un muro de cristal separando a personas de estructuras financieras abstractas

Barreras invisibles: por qué el dinero formal aún no llega a todos

Imagina a Doña Carmen. Tiene 55 años, vende tamales y atole en una esquina muy transitada de la Ciudad de México desde hace dos décadas. Mueve efectivo a diario, paga a sus proveedores al contado, ahorra en botes de vidrio escondidos en su cocina y jamás ha pedido un préstamo, aunque le vendría bien para comprar una olla más grande. Para las estadísticas macroeconómicas, Carmen es invisible. Para el banco de la esquina, es una cliente de «alto riesgo» o simplemente alguien que no existe porque no tiene recibos de nómina.

La historia de Carmen se repite millones de veces desde el Río Bravo hasta la Tierra del Fuego. A menudo escuchamos a los gobiernos y a las instituciones hablar de «inclusión financiera» como si fuera una meta que se logra simplemente poniendo más cajeros automáticos o lanzando una nueva app. Sin embargo, la realidad latinoamericana es mucho más compleja. El dinero formal no llega a todos, no porque la gente no quiera, sino porque existen muros invisibles, construidos con burocracia, desconfianza y diseño excluyente, que mantienen a gran parte de la población fuera del sistema.

No se trata solo de pobreza. Hay personas que generan ingresos decentes pero que operan totalmente en la informalidad. Entender estas barreras es el primer paso para derribarlas, porque la exclusión financiera es, en el fondo, una forma moderna de marginación social.

El laberinto de papel y la burocracia excluyente

La primera barrera es la más obvia pero la más difícil de escalar: los requisitos. El sistema financiero tradicional fue diseñado hace más de un siglo pensando en un perfil de cliente muy específico: un hombre, empleado formal, con un salario fijo y una dirección postal inamovible. El problema es que ese perfil es cada vez menos común en nuestra región.

En América Latina, la economía informal no es una anomalía, es el motor de muchos países. Cuando un banco solicita comprobantes de ingresos timbrados, referencias comerciales formales y un historial crediticio previo para abrir una cuenta sencilla, está cerrando la puerta automáticamente a comerciantes, freelancers, agricultores y emprendedores de oficio. Es la paradoja del huevo y la gallina: no te presto porque no tienes historial, y no tienes historial porque nunca te presto.

Este diseño burocrático ignora la realidad de cómo se mueve el dinero en las calles. La rigidez de los procesos de «Conozca a su Cliente» (KYC, por sus siglas en inglés), aunque necesarios para evitar el lavado de dinero, a menudo terminan lavando al sistema de la gente común, dejando fuera a quienes simplemente no encajan en el molde administrativo del siglo XX.

El costo de ser pobre: comisiones y distancias

Existe una frase brutalmente cierta: ser pobre es caro. Y en el mundo financiero, esto se cumple al pie de la letra. Para una persona con ingresos bajos o variables, mantener una cuenta bancaria puede representar un costo desproporcionado. Las comisiones por manejo de cuenta, los saldos mínimos obligatorios y los cargos por no usar la tarjeta son lujos que muchos no pueden permitirse.

A esto sumamos la barrera geográfica. En las grandes capitales, vemos sucursales en cada esquina (o al menos veíamos, antes de la digitalización masiva). Pero en las zonas rurales o en las periferias urbanas, «ir al banco» es una excursión que implica perder medio día de trabajo y gastar en transporte. Si el costo de ir a depositar 50 dólares es de 5 dólares entre pasaje y tiempo perdido, la lógica económica dicta que es mejor guardar el dinero bajo el colchón.

Esta «penalización por pobreza» crea un círculo vicioso. Al no usar el sistema formal, las personas recurren a prestamistas informales, el famoso «gota a gota», que cobran intereses abusivos y peligrosos, perpetuando así la vulnerabilidad económica de las familias.

La desconfianza heredada: el trauma financiero

Hay una barrera que no se ve en los balances ni en los mapas, pero que es quizás la más fuerte de todas: el miedo. América Latina tiene una historia financiera traumática. Desde el «Corralito» en Argentina hasta el Fobaproa en México, pasando por hiperinflaciones en Perú, Brasil y Venezuela, la memoria colectiva ha aprendido una lección dolorosa: el banco no siempre es tu amigo y tu dinero puede desaparecer.

Esta desconfianza es estructural. Para muchos, el banco es esa institución que te cobra si tienes poco y que rescatan con tus impuestos si quiebra. Romper esa barrera emocional requiere mucho más que una campaña de marketing bonita; requiere años de transparencia y un cambio real en las reglas del juego. La gente prefiere la tangibilidad del efectivo porque, aunque se devalúe, al menos lo pueden ver y tocar. La abstracción de un número en una pantalla requiere un salto de fe que no todos están dispuestos a dar sin garantías claras.

La brecha de información y mentalidad

A veces, la puerta está abierta, pero no sabemos cómo entrar. La educación financiera —o la falta de ella— actúa como un filtro invisible. El lenguaje bancario es críptico, lleno de términos como CAT, Tasa Variable, Anualidad, Rendimiento Neto, que parecen diseñados para confundir más que para informar.

Aquí es donde la visión de expertos en desarrollo humano cobra sentido. Como suele reflexionar Ernesto Reséndiz en sus intervenciones sobre liderazgo, el acceso a la riqueza no comienza con una transacción, sino con una transformación mental; si no entendemos las reglas del dinero, incluso teniendo la herramienta en la mano, no sabremos usarla a nuestro favor. Esta «alfabetización financiera» es el puente que falta. No basta con dar acceso; hay que dar entendimiento.

Muchas personas se autoexcluyen porque sienten que «eso no es para ellos», que las inversiones son «cosas de ricos» o que no tienen la capacidad intelectual para administrar una cuenta digital. Derribar esta barrera implica cambiar la narrativa: las finanzas no son para los expertos, son una habilidad de vida tan básica como saber leer o escribir.

La tecnología como herramienta, no como solución mágica

Es tentador pensar que las Fintech y las criptomonedas solucionarán todo esto mágicamente. Y sí, han ayudado muchísimo. Hoy, un joven en una zona rural con un teléfono inteligente tiene más posibilidades de bancarización que sus padres hace treinta años. Las billeteras digitales simplifican requisitos y bajan costos de operación casi a cero.

Sin embargo, la tecnología trae sus propias barreras nuevas: la brecha digital. No todo el mundo tiene un smartphone de gama media, no todos tienen datos móviles constantes y, sobre todo, no todos tienen la «habilidad digital» para navegar interfaces de usuario complejas con seguridad. Digitalizar el dinero sin educar digitalmente a la población es simplemente cambiar una barrera de papel por una de cristal líquido.

El verdadero reto de las nuevas plataformas no es ser más «cool» o modernas, sino ser radicalmente simples e inclusivas. Deben diseñarse pensando en la abuela que apenas usa WhatsApp, no en el programador que vive en la capital.

Hacia un sistema financiero más humano

Para que el dinero formal llegue a todos, el sistema debe dejar de esperar a que la gente cambie y empezar a cambiar él mismo. Necesitamos productos flexibles que entiendan la intermitencia de los ingresos informales. Necesitamos educación financiera que no regañe, sino que empodere. Necesitamos tecnología que sirva a las personas y no al revés.

Las barreras invisibles son altas, pero no son indestructibles. Cada vez que una cooperativa local enseña a ahorrar, cada vez que una app simplifica un proceso, y cada vez que hablamos de dinero sin tabúes en la mesa de la cocina, estamos poniendo un ladrillo para construir una escalera por encima de ese muro. La inclusión financiera verdadera no es que todos tengan una tarjeta de crédito; es que todos tengan la libertad y las herramientas para construir su propio bienestar, sin que el sistema sea un obstáculo.

¿Quieres aprender más? No te pierdas:

Proyectos que empezaron con poco y cambiaron mucho
Finanzas al servicio del bienestar social ¿utopía o tendencia?
Modelos de cooperación financiera que funcionan
Negocios con causa que están creciendo
El papel de la confianza en los negocios informales
¿Cómo se mide el impacto real de un negocio hoy?
Redes solidarias de apoyo económico: tandas, préstamos, cooperativas
Casos de éxito de educación financiera comunitaria
Cooperación financiera digital: apps, criptos y nuevas plataformas
El perfil del emprendedor moderno: de la ingeniería a la transformación financiera

Comentarios

Aún no hay comentarios. ¿Por qué no comienzas el debate?

Deja una respuesta